"Una experiencia profundamente humana, donde comprendí mi llamado: reencontrarme con la humanidad y con la naturaleza sabiendo que yo soy tú, y tú eres yo (filosofía Ubuntu africana)"
Santiago Salcedo
16 Febrero 2026
Pasante en YFU Sudáfrica 2019
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Recuerdo el día en que estaba en un safari sudafricano en el parque Kruger a lado de mis dos hermanos anfitriones: María de Italia, y Lenni de Alemania; como si hubiera sido ayer.
Buscando a los big five (rinoceronte, búfalo, león, elefante y leopardo) junto a otros estudiantes de intercambio. Recuerdo que se me llenaron los ojos de lágrimas de felicidad cuando vi correr a una manada de jirafas, sin duda uno de esos momentos en la vida cuando te das cuenta que eres feliz y lo sabes, donde si pudieras pausar el tiempo o hacer que pase más despacio, lo harías.
Estaba viviendo una de las experiencias más extraordinarias y emocionantes de mi vida, como en un documental de NatGeo, pero no en una pantalla, sino con mis propios ojos. Tuve la oportunidad de vivir esa experiencia con otra familia anfitriona que recibió a un estudiante francés y me invitó a pasar unos días en su casa de campo a las afueras del Kruger, donde las cebras, kudús, changos, suricatas, ñúes y jabalíes visitan la zona residencial. Les di de comer en la boca y en la noche escuché el rugido de dos leones a lo lejos.



Me presento para quienes no me conocen, me llamo Santiago Salcedo y soy voluntario en YFU México, fui estudiante de intercambio en Suiza francesa en 2014-2015 y desde mi regreso he ayudado a otros estudiantes a vivir una experiencia como la mía en el extranjero, sabiendo que cada intercambio es único para cada persona.
Después de vivir un año de intercambio con YFU, durante la universidad tomé un giro espontáneo: un semestre sabático. Después de haber conocido Suiza, quise explorar algo muy diferente para mi. Como si hubiera un llamado que susurraba a mis oídos: África. Supe dentro de mí que el continente de colores, ritmos, hogar de lo místico me estaba llamando…¨tengo que ir¨-me dije, y así fue como llegué a Sudáfrica.
Una vez que te vas de intercambio, siempre queda la espinita de hacer otro, pero esta vez más lejos, más exótico, y más retador. Después de ser voluntario durante 5 años en YFU México, apliqué como intern en Pretoria, conocida como la ciudad de las jacarandas.

Durante mi estancia, trabajé en la oficina de YFU haciendo trámites de visado en embajadas, armado de expedientes y perfiles de estudiantes para buscar familias anfitrionas y organizando orientaciones de YFU, diseñando cursos y actividades para preparar mejor a los estudiantes durante su ciclo de adaptación a una nueva cultura.
Fui muy afortunado que en la misma casa donde estaba, Mama Nettie y Papa Jottie (familia anfitriona con más de 63 estudiantes recibidos a lo largo de toda su vida y que hoy recordamos en su memoria como dos personas maravillosas que entendían el valor de hacer el mundo su hogar de forma sana), agradezco que hayan recibido a Maria y a Leni, al igual que a mi.
Se convirtieron verdaderamente en mis hermanos, de hecho, nos decimos así en afrikáans: boetie (hermano) y sissie (hermana). Irme como pasante ha sido una de las decisiones más sabias después de mi intercambio. Irte de intercambio en la prepa tiene un enfoque más académico, mientras que ser pasante tiene una carga más personal y profesional, siempre alineado a seguir la misión de YFU: make the world your home.
En Sudáfrica viví las secuelas de la abolición Apartheid (la separación total entre blancos y negros), racismo indirecto de ambos lados, de negros hacia blancos y blancos hacia negros. Una sociedad donde algunos blancos en 2019 (el año en el que me fui) me decían que era mejor cuando estaba el Apartheid, donde a los negros se les dice English people y a los blancos Afrikaans.
Dependiendo del color de tu piel, es el idioma que te hablan: blanco con blanco hablan afrikáans, blanco y negro inglés, y negro con negro alguna de los 11 idiomas oficiales que tiene Sudáfrica.
Segregación en iglesias, escuelas, transporte público, antros y restaurantes, donde no hay letreros de whites only como en los años 50 pero donde la gente sabe dónde sí y dónde no se pueden mezclar y cada lado con su propia cultura.
Una herida colonial que el tiempo no ha terminado de sanar…pero también vi una sociedad en proceso de evolución, jóvenes que ven más allá del color de piel, maestros que inculcan la unión, parejas jóvenes birraciales y equipos de rugby que se juzga por su desempeño en la cancha y no por la cantidad de melatonina en la piel, una sociedad avanzando constantemente hacia la reconciliación.
Un país que recuerda el mundial del 2010 como el mejor acontecimiento desde la abolición del Apartheid, donde los índices de criminalidad bajaron drásticamente y donde todos eran uno.
Un país que recuerda el mundial del 2010 como el mejor acontecimiento desde la abolición del Apartheid, donde los índices de criminalidad bajaron drásticamente y donde todos eran uno.
Vi muchas similitudes con México, problemas como desigualdad económica, donde ricos y pobres se miran de frente, a veces separados solo por una calle.
Un país con mucha riqueza económica y cultural, variedad religiosa y muchas formas de ver la vida en un mismo territorio. La gente africana es acogedora, amable, resiliente, feliz y generosa. Aprendí ahí la frase ¨sharing is caring¨, que en realidad viene de la influencia de Inglaterra y producto de la colonización.
Recuerdo con un toque de nostalgia el load shedding -apagones de luz que puede durar horas, en ese año, eran apagones de 3, 5, hasta 10 horas para poder suministrar la electricidad en todo el país- . Los sudafricanos tienen un acuerdo silencioso con la oscuridad como parte de la vida. Entonces se baja el ritmo, las velas se encienden, las conversaciones se alargan y uno aprende que no todo necesita estar conectado para existir.
Lo que más recuerdo de la vida diaria es justamente eso, el load shedding, esas conversaciones íntimas con velas siendo testigos, sin internet, sin agua, sin Netflix, sin pantallas; nos quedamos con lo simple, con lo real. Momentos sin prisa, donde el tiempo se pone en pausa por un momento
Tuve la oportunidad de ir a dos pueblos pequeños donde solo había English people, donde me gritaban con emoción de saludarme ¨mahua¨ que significa persona blanca.


En uno de esos pueblos entré a una escuela primaria, sin permiso, sin miedo, y sin dudas. Me encontré con un salón sin maestro y lleno de estudiantes. No había llegado su profesor porque el colegio carecía de suficientes docentes. Pronto los niños se pusieron alrededor mío, y unos de ellos tocaban mi piel, y otros mi pelo a modo con una actitud curiosa. Al haber tanto ruido, se acercó el director de la escuela quien me recibió con los brazos abiertos y me pidió de favor darles una clase a 5to de primaria. Les enseñé a contar del 1 al 10 en español, ellos me bailaron con música africana, y yo les enseñé unos pasos de salsa. Me hicieron preguntas sobre México y el motivo de por qué estaba yo en Sudáfrica. Recuerdo que Enzo, un niño de alrededor de 11 años me pidió mi pulsera, con el mapa de México en él, y se la regalé con mucho cariño; también recuerdo a dos niñas que me hicieron dos preguntas: la primera niña me preguntó por qué mis labios eran rosas, y la segunda preguntó qué se necesitaba para ser astronauta.
Irme seis meses a Sudáfrica no nació del deseo de hacer un viaje a un país nuevo, sino del deseo profundo de encontrarme. No fue una decisión impulsiva, fue una decisión valiente. Un lugar donde conviví con personas de todos los mundos posibles, donde jugué con niños que transformaban la basura en juguetes donde ellos veían imaginación, donde hay mucha carencia y a la vez lo hay todo, donde aprendí a comer con la mano, y sobre todo a valorar lo esencial: la sombra de un árbol, las estrellas del cielo, o poder prender la luz en tu casa.








