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Bélgica: un año que cambió

mi forma de ver el mundo

Eutiquio Cruz

Ex-estudiante de intercambio en Bélgica

2014-2015

En agosto de 2014 comenzó una de las experiencias más importantes de mi vida.

Apenas había terminado la preparatoria cuando emprendí mi viaje de intercambio a Bélgica con YFU. Hasta ese momento, todo había sido preparación: reunir documentos, pedir cartas de recomendación a mis profesores y escribir sobre mí para que una host family pudiera conocerme

y decidir recibirme en su hogar.
Aunque el proceso parecía abrumador, cada paso aumentaba la emoción de saber que pronto viviría en otro país, aprendería un nuevo idioma y tendría que adaptarme a una cultura completamente distinta a la que conocía en México.

El día que comenzó mi intercambio en Bélgica

Estudiantes mexicanos antes de su intercambio en Bélgica_edited_edited.jpg

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Antes de partir, YFU reunió en el aeropuerto en Ciudad de México a todos los estudiantes que viajaríamos de intercambio a Belgica. Ahí, antes de abordar el vuelo rumbo a Bruselas, conocimos a quienes compartirían con nosotros un año lleno de historias, retos y descubrimientos. Desde el aeropuerto ya se sentía una mezcla de emoción, nervios y curiosidad por lo que estaba por venir.
El vuelo de más de doce horas se pasó entre conversaciones sobre nuestras expectativas y todo lo que imaginábamos para ese año lejos de casa. Cada uno veía el intercambio de forma distinta, pero todos coincidíamos en algo: sabíamos que nuestra vida estaba a punto de cambiar.

Al llegar a Ronse, una pequeña ciudad al oeste de Bélgica (en la parte flamenca), ubicada muy cerca de muchos lugares hermosos, conocí a mi host mom y a mi host brother. Nuestras primeras conversaciones fueron en inglés, aunque desde el principio entendí que tendría que aprender flamenco —un dialecto del neerlandés— o francés si realmente quería

integrarme a la vida diaria en Bélgica. Asi es como desde ahí pude explorar el país mientras construía recuerdos y amistades que siguen presentes más de diez años después.

Aprender neerlandés y vivir con una host family

Una semana después llegó otro gran reto: comenzar las clases. Recuerdo perfectamente entrar a la escuela y descubrir que estaba cursando el último año de preparatoria junto con estudiantes belgas que ya pensaban en su futuro universitario o profesional. Muy pronto entendí que aprender neerlandés no era opcional. Si quería seguir el ritmo de las materias y convivir de verdad con mis compañeros, tenía que adaptarme rápido. Al principio fue complicado, pero también fue una etapa muy enriquecedora. Fue ahí donde conocí a uno de mis mejores amigos. Aunque han pasado casi diez años desde entonces, nuestra amistad continuó a la distancia y este 2026 tendré la oportunidad de reencontrarme con él después de que me invitara a su boda. Ese tipo de conexiones son algo que nunca imaginé llevarme de un intercambio. Mientras tanto, mi host family se convirtió en una parte fundamental de mi experiencia. Ellos me enseñaban el idioma, las costumbres y la forma en que vivían el día a día en Bélgica. Más que sentirme como visitante, poco a poco comencé a sentirme parte de su familia.

Una amistad que nació durante un intercambio en Bélgica_edited.jpg
Amigos internacionales durante un intercambio en Bélgica_edited_edited.png
Celebrando Halloween con amigos durante un intercambio en Bélgica_edited.jpg

Lo que más me sorprendió de la cultura belga

Una de las cosas que más disfruté fue la facilidad para recorrer el país. Bélgica tiene una red ferroviaria muy bien conectada, así que viajar entre ciudades era sencillo y accesible. Gracias a eso pude conocer lugares increíbles como Brujas, Amberes, Bruselas, Gante, Lieja y Namur. Cada ciudad tenía su propia personalidad: calles históricas, arquitectura impresionante y ambientes completamente distintos entre sí. También descubrí sabores y tradiciones que eran totalmente nuevas para mí. Los waffles recién hechos, las famosas papas fritas de las friterías, el chocolate belga y la cerveza forman parte de la identidad del país, y probar todo eso se convirtió en parte de la experiencia cotidiana. Para alguien que venía de México, muchas cosas eran diferentes: la comida, el clima, el idioma y hasta la forma en que las personas convivían. Pero precisamente ahí estaba lo más valioso del intercambio: aprender a entender y apreciar otra manera de vivir.

Amigos internacionales durante un intercambio en Bélgica_edited.jpg

Cómo llevé un pedazo de México a Bélgica

Con el paso de los meses no solo aprendí sobre Bélgica; también encontré maneras de compartir una parte de México con las personas que me recibieron.

Antes de regresar, decidí prepararles enchiladas suizas a mi host family. Después de buscar varios ingredientes que no eran fáciles de encontrar, finalmente pude cocinarles una comida mexicana.

Fue una experiencia muy especial porque, de cierta forma, sentí que también estaba llevando un pedazo de mi hogar a Bélgica.

Además de convivir con estudiantes belgas, YFU Belgica organizaba reuniones periódicas con intercambistas de distintas partes del mundo. Ahí coincidíamos personas de diferentes países, culturas e idiomas, todos viviendo experiencias similares lejos de casa. Esas reuniones me hicieron entender que el intercambio no solo se trataba de conocer un país, sino también de aprender de personas con historias y perspectivas completamente distintas a la mía y de cómo este viaje iba a permitir no solo visitar un país como turista, sino vivir el día a día como lo hacen los locales.

 

Hoy veo ese año como mucho más que un intercambio estudiantil.

Fue una experiencia que me enseñó independencia, adaptación y apertura hacia otras culturas.

Bélgica no solo me dejó viajes, comida y fotografías; me dejó una nueva forma de ver el mundo.

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