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Mi intercambio en Estonia:
el país donde el silencio se rompe en el sauna

Ankelyn Chavez Salvatierra

Ex estudiante de intercambio en Estonia

2020-2021

Todavía recuerdo el olor al entrar a aquella habitación en la que pasaría la mayoría de mis noches de reflexión durante diez meses repletos de aventuras, risas, lágrimas, sabores y personas nuevas e infinidad de aprendizajes. Todo ello llenó mi memoria de momentos inolvidables.

Siendo honesta, llegar a dicha situación no resultó tan fácil. En un principio, se me presentó la elección de irme o no. Decidir esto no fue cuestión de horas ni algunos días, sino de un par de meses. Al verlo superficialmente, me parecía algo espectacular, sin embargo, existían muchos factores que me hacían cuestionarme si debía tomar aquella increíble oportunidad o no. El permiso de mis padres y la parte económica ya estaban resueltos de alguna manera. Mi verdadera preocupación se encontraba en los aspectos familiares, escolares y relativos a mis amistades en México porque claro que sentía miedo de dejar la vida a la que ya estaba acostumbrada.

Pero después de mucha reflexión y hablar sinceramente de mis preocupaciones con un amigo, por fin me decidí por irme. Entendí que en la vida siempre habrán oportunidades que nos permiten abrir horizontes, hacer cambios, hacernos crecer, pero está en nosotros dejar todos los miedos e inseguridades de lado para aprovechar lo que la vida tiene para nosotros. Como dijo mi hermano un día “Moisés no separó las aguas sentado en una silla de su casa”. Las cosas más increíbles ocurren cuando nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort y nos dirigimos a redescubrir el mundo.

Un día en la nieve con mi host family en Estonia.jpg

Ahora seguía elegir en qué país viviría en esos 10 meses. Yo sabía una cosa solamente: quería ir a un lugar al que la mayoría no acostumbra ir. En un principio pensé en Finlandia, pero después de ver la cantidad de capas de ropa que la gente tenía que usar en invierno para salir, me desanimé un poco jaja. Y un par de días después, mi papá me dijo que había visto que Estonia era una de las opciones que YFU también ofrecía. Siendo honesta, no recordaba haber oído nunca de ese lugar, razón por la que llamó mi atención su sugerencia. Me mostró algunas imágenes de Tallinn, la capital, y ahí terminé de convencerme a pesar de que también hacía muchísimo frío.
Así, después de leer un poco más sobre Estonia, envié la solicitud a una beca que ofrecía YFU en ese entonces. Me gané la beca y por fin comenzaron los preparativos para mi año de intercambio, sin embargo, iba comenzando la pandemia, lo cual nos hacía cuestionarnos si podría irme o no, ya que muchos estudiantes incluso tuvieron que regresar a México antes de tiempo. Además, había otra cosa que me preocupaba: aún no me elegía ninguna familia.  

La fecha de partida se acercaba y todavía no sabía con quiénes viviría, hasta que un día, recibí un mensaje en Instagram que ni siquiera abrí y que provenía de un extraño. A los pocos días, me volví a encontrar con dicho mensaje y decidí abrirlo. ¡Era mi futuro hermano! Le habían dicho que no me escribiera hasta que YFU lo hiciera personalmente, pero no pudo aguantar la emoción. Ese fue mi primer contacto con la familia Küttis, que son las mejores personas con las que pude haber vivido esos meses.  
Después de varias situaciones que acaecieron —entre ellas el inicio de la pandemia—, pude, por fin, dirigirme al lugar en el que diez meses me proporcionarían lo equivalente a diez años de aprendizaje. Estonia es un territorio de pequeña extensión y población, pero con una gran cultura, tradiciones, paisajes, arquitectura y comida. Ahí, me di a la tarea de hacer valer la mayor cantidad de experiencias que se me presentaron: interacción internacional, adopción de tradiciones diferentes y viajes a parajes naturales hermosos.

Me atreví a hacer cosas que jamás pensé que haría en mi vida: saltar a un río semicongelado después de meterme a un sauna que estaba a un poco menos de 90°C, aprender otro idioma con ayuda de nativos, viajar sola por primera vez alrededor del país y deleitar mi paladar con el sabor del kohuke.
Personalmente, el irme hizo que me diera cuenta de muchas cosas. Me ayudó a salir de mi zona de confort, a descubrirme a mí misma y de lo que soy capaz. Desarrollé y puse a prueba valores como la paciencia, tolerancia, solidaridad y sinceridad. Este último en el sentido de que, si algo me hacía sentir bien o mal, lo aceptaba y expresaba. Me volví más independiente, ya que, aunque estuve con una familia anfitriona (a la que me atrevo a llamar mi segunda familia al otro lado del mundo) que me ayudaba y cuidaba, yo tenía que tomar muchas decisiones o arreglar mis problemas casi totalmente sola, porque ya no estaban mis papás para hacerlo por mí.

Aprendí el valor que tiene el silencio y que las palabras se deben utilizar sabiamente, sin desperdiciarlas. De igual manera, me percaté de que, a fin de vivir en paz, es necesario dejar de preocuparnos de lo que otros podrían pensar de nosotros, además, no hay que dejar las cosas en el “hubiera”. Saber que tenía el tiempo contado para terminar mi estancia allá me hizo valorar y aprovechar cada día al máximo. En la vida no sabemos cuánto tiempo nos queda, entonces ¿por qué no aprovechar el momento, al hacer lo que nos trae felicidad sin acongojarnos debido a las opiniones de otros?

Por el resto de mi vida estaré agradecida con mi familia mexicana y estonia, con las personas que me apoyaron, con los amigos que hice y con YFU por hacer que esos diez meses sean los mejores de mi vida. Pero también estoy muy agradecida con la Ankelyn de 16 años que se atrevió a vivir esa experiencia y así poder contar al mundo sobre el país donde el silencio se rompe en el sauna y las preocupaciones se congelan a la par de los lagos en invierno.

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