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Interculturalidad en YFU:
desafíos y preguntas desde América Latina

por Daniela Fontes García

Hablar de interculturalidad en Youth For Understanding pareciera algo muy simple. Ligar el concepto con una organización de intercambios estudiantiles podría incluso resultar natural: un nexo del que intrínsecamente se habla cuando mencionamos a YFU. Pero, ¿qué pasa cuando tenemos que hablar de interculturalidad desde América Latina? ¿YFU, interculturalidad y América Latina tienen sentido dentro de una misma oración?

Si lo leemos desde la perspectiva occidental eurocéntrica, ¡claro que lo tiene! Al final, Latinoamérica ha sido, históricamente, lugar de intercambio (y saqueo). Sin embargo, cuando lo leemos desde una perspectiva latinoamericanista (desde la cual me veo obligada a aclarar que estoy escribiendo) nos encontramos con distintas capas de un concepto que se nos presenta desde una mirada crítica e interseccional.

I. Definir la interculturalidad

 

Según el Consejo Regional Indígena del Cauca (2004), la interculturalidad es “un proyecto político que trasciende lo educativo para pensar en la construcción de sociedades diferentes […] en otro ordenamiento social”. Según Google, es la “interacción equitativa, respetuosa y horizontal entre diversas culturas, promoviendo el diálogo, la convivencia armónica y el enriquecimiento mutuo, sin que exista superioridad de una sobre otra”.

Ambas definiciones coinciden en algo: la interculturalidad como un proyecto para un ordenamiento social más equitativo. Pero, ¿la interculturalidad es solo eso?

Cabe mencionar que, si bien estas definiciones resultan explicativas, dejan abiertas varias dudas: ¿cómo llegamos a que ese proyecto funcione?, ¿es un proyecto aplicable a todos los territorios?, ¿cómo hablamos de interculturalidad en un mundo atravesado por desigualdad, guerras y discriminación?, ¿hasta dónde llega nuestra tarea como partícipes políticos sin caer (o confundirnos) con el síndrome del salvador blanco?

Para intentar responder a estas dudas (que más que respuestas, buscan explicar por qué me las formulé), me concentraré en la perspectiva de Catherine Walsh y en algunas lecturas fanonianas que, a mi parecer, resultan pertinentes para este artículo.

II. Tres formas para hablar de interculturalidad

Catherine Walsh es profesora y directora del Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Su trayectoria se centra en el acompañamiento de movimientos indígenas y afrodescendientes en América Latina y la región andina. En su texto “Interculturalidad crítica y educación intercultural”, Walsh plantea la existencia de tres tipos de interculturalidad.

El primero es la interculturalidad relacional, que hace referencia a la forma más básica y general del contacto e intercambio entre culturas. Desde esta perspectiva, se asume que la interculturalidad ha existido per se, ya que siempre ha habido contacto y relación entre personas de distintas culturas.

El segundo tipo es la interculturalidad funcional, en donde encontramos las raíces del reconocimiento de la diversidad y la diferencia cultural. Esta busca promover el diálogo, la convivencia y la tolerancia, pero sin cuestionar ni comprender las causas de la asimetría social existente.

Finalmente, está la interculturalidad crítica. Aquí, la interculturalidad nos ayuda a reconocer la diferencia dentro de una estructura colonial. Se comprende como una herramienta y como un proyecto en proceso, que señala aquello que necesita transformarse —instituciones, estructuras y relaciones sociales— mientras se construye algo que va más allá de lo utilitario para el sistema. Es decir, implica crear otras formas de estar, ser, pensar, sentir y vivir en un espacio compartido.

III. YFU frente a la interculturalidad crítica

 

Hablar de interculturalidad en Youth For Understanding, desde América Latina, implica necesariamente asumir una incomodidad. No basta con pensar la interculturalidad como intercambio cultural, convivencia armónica o “aprender del otro” en términos meramente abstractos. Desde la perspectiva de la interculturalidad crítica, YFU (al menos Latinoamérica) no puede limitarse a ser un espacio de contacto entre culturas, sino que debe preguntarse desde dónde, para quiénes y bajo qué estructuras se produce ese encuentro.

Si retomamos a Catherine Walsh, queda claro que muchas prácticas asociadas a los intercambios estudiantiles se inscriben, en gran medida, dentro de una interculturalidad relacional o funcional: se celebra la diversidad, se promueve el diálogo y la tolerancia, pero rara vez se cuestionan las desigualdades históricas, económicas y coloniales que atraviesan a los sujetos involucrados. En este sentido, la interculturalidad corre el riesgo de convertirse en una experiencia enriquecedora sólo para algunos, sin transformar las condiciones estructurales que producen la diferencia como jerarquía.

Es aquí donde Frantz Fanon resulta fundamental. Fanon nos recuerda que las relaciones entre culturas no son neutras ni horizontales cuando están atravesadas por la colonialidad. El encuentro con “el otro” ocurre dentro de un mundo dividido, donde ciertos cuerpos, saberes y territorios han sido históricamente deshumanizados. Desde esta lectura, la interculturalidad no puede pensarse sin una crítica profunda al colonialismo, al racismo y a las formas en que el poder sigue organizando quién enseña, quién aprende y quién es observado.

Desde mi punto de vista, YFU Latinoamérica necesita abrir y sostener estos espacios de diálogo, en los que sea posible señalar y cuestionar aquello que hacemos (y para quiénes lo hacemos) dentro de una organización en donde la mayoría de las chicas y chicos que participan cuentan con el privilegio económico de irse de intercambio. Esto implica comenzar a crear espacios reales de discusión y revisar críticamente funciones y prácticas que no operan de la misma manera en América Latina que en otros contextos del mundo.

En este sentido, considero fundamental preguntarnos si YFU está dispuesto (y, de estarlo, en qué medida) a asumirse no solo como una organización de intercambio, sino como un actor que puede reproducir o bien cuestionar estas estructuras. ¿Qué significa realmente “intercambio” cuando no todas las culturas intercambian desde el mismo lugar? ¿Qué sucede cuando el Sur global se convierte en experiencia y el Norte global en referencia?

Pensar la interculturalidad desde América Latina implica ir más allá del discurso bienintencionado. Implica reconocer las heridas coloniales, las desigualdades persistentes y las responsabilidades éticas que surgen al participar en estos espacios. Siguiendo a Walsh y a Fanon, la interculturalidad no es un estado alcanzado, sino un proceso en disputa: un proyecto inacabado que exige reflexión constante, autocrítica y la voluntad de transformar no sólo las relaciones entre personas, sino las estructuras que las sostienen.

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