Un año lejos de casa,
una vida llena de recuerdos.
Miranda Garcia
Ex estudiante de intercambio en Alemania
2014-2015
En 2014, a los 16 años y mientras todavía estaba en preparatoria, tomé un avión rumbo a Alemania para vivir una experiencia que, en ese momento, pensaba que duraría solamente un año.
¡Había tomado clases de alemán durante seis meses, pero mi nivel era apenas el más básico! Sabía que tendría que dejar a mi familia y amigos durante todo un año, aprender un nuevo idioma y adaptarme a una cultura completamente diferente. Aun así, la emoción por todo lo que estaba por descubrir era mucho mayor que los nervios.
Elegí Alemania porque quería vivir una experiencia diferente, quería descubrir un país nuevo, aprender otro idioma y salir de mi zona de confort.
Me fui con YFU y mi aventura comenzó en Langenfeld, el lugar donde durante un mes tomé un curso intensivo de alemán junto con otros estudiantes de intercambio de México, Argentina y Ecuador. Compartir esos primeros días con jóvenes que estaban viviendo exactamente lo mismo que yo hizo que rápidamente formáramos una pequeña familia.
Algunas de esas amistades continúan hasta hoy. Después de más de once años seguimos en contacto y todavía nos comentamos nuestras fotografías en redes sociales. Me encanta ver cómo nuestras vidas han cambiado y saber que seguimos siendo parte de la historia de los demás.
Encontrar un hogar lejos de casa
Después de ese primer mes me mudé a Wolfsdorf, un pequeño pueblo lleno de magia y rodeado de bosque, cerca de la iglesia de Vierzehnheiligen. Comencé a estudiar en un Gymnasium en Lichtenfels, una pequeña ciudad a unos diez minutos en bicicleta. 🚲
Una de las experiencias más especiales de mi intercambio fue descubrir que una familia anfitriona puede convertirse en una familia para toda la vida.
Al principio viví con la familia Zech, que tenía cuatro hijas. Me hacía muchísima ilusión tener, por primera vez, hermanas, ya que en México soy la mayor de tres hermanos y única mujer.
Después de algunas dificultades de adaptación, junto con YFU comenzamos a buscar una nueva familia…
Aunque al principio fue un cambio inesperado, hoy lo recuerdo como una de esas vueltas que da la vida y que terminan llevándote exactamente al lugar donde necesitas estar.
Siempre estaré agradecida con la familia Zech por haberme abierto las puertas de su casa y por haber sido parte de mis primeros pasos en Alemania. Cada familia formó parte de mi historia de una manera diferente y, gracias a todas esas personas, mi experiencia terminó siendo lo que fue.
Fue entonces cuando uno de mis mejores amigos durante el intercambio, Juan, de Ecuador, me ayudó a conocer a Hilde y Siegfried, sus vecinos y mi nueva familia.
Desde el primer momento me hicieron sentir en casa.
Con ellos me animé a hablar alemán durante horas sin preocuparme por equivocarme. Hilde me esperaba después de la escuela con la comida lista y siempre teníamos tiempo para platicar. Su hija tenía tres hijos cercanos a mi edad, Markus, Peter y Eva, quienes terminaron convirtiéndose en mis hermanos durante aquel año.
Hoy los considero ángeles que la vida puso en mi camino.
El día que regresé a México, Hilde y Siegfried me llevaron hasta Frankfurt para despedirse de mí. Antes de irme les regalé unas blusas mexicanas bordadas.
Cinco años después regresé a Alemania para visitarlos y me recibieron usando aquellas mismas blusas.
Hoy, más de once años después, seguimos hablando al menos una vez al mes, compartiendo fotografías y actualizaciones de nuestras vidas. Siguen siendo de los primeros en felicitarme en mi cumpleaños.
Se convirtieron en mi familia para toda la vida. ❤️
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Un idioma que terminó siendo mío
Al principio, el alemán era uno de mis mayores retos.
Durante los primeros días me comunicaba con señas, sonidos y todo lo que pudiera ayudarme a hacerme entender. Los primeros tres meses muchas personas me hablaban en inglés, pero poco a poco empecé a comprender cada vez más.
A los tres meses ya entendía prácticamente todo y, alrededor del quinto mes, me animé a comenzar a hablar.
Nunca voy a olvidar la sensación de darme cuenta de que podía mantener una conversación completa en alemán.
Aprender el idioma también me enseñó a perder el miedo a equivocarme.
En aquel momento me gustaba pensar que regresar a México no significaría despedirme para siempre de las personas que había conocido.
Con el paso de los años descubrí que, en muchos casos, tenía razón.
Una escuela y un mundo nuevo
Mi experiencia en el Gymnasium fue muy diferente a la que conocía en México. No utilizábamos uniforme, podía llegar en bicicleta o en autobús y las clases eran completamente en alemán.
Mis profesores fueron muy pacientes conmigo y al principio incluso me explicaban algunas cosas en inglés mientras aprendía.
También tuve la oportunidad de formar parte de un equipo de porristas de los Brose Baskets de Bamberg, un equipo profesional de baloncesto alemán. Ahí conocí a algunas de mis mejores amigas, entre ellas Paula, quien se convirtió en mi mejor amiga durante el intercambio.
Antes de regresar a México, mis amigas me hicieron un álbum con fotografías y recuerdos de nuestro año juntas. Corinna incluso me regaló una USB con un video de despedida.
Todavía conservo todo.
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Un año para conocer el mundo
Una de mis cosas favoritas de Alemania era lo fácil que era viajar. El tren se convirtió en una de mis formas favoritas de conocer el país.
Visité Berlín, Múnich, Frankfurt, Hamburgo, Colonia, Düsseldorf, Würzburg, Bamberg y Núremberg. Conocí el castillo de Neuschwanstein y me enamoré de Baviera.
También viajé a Bélgica, Ámsterdam y París.
¡Y tuve la oportunidad de vivir un intercambio dentro de mi intercambio! viajé dos semanas a Francia con mis compañeros de escuela. Primero recibimos a los estudiantes franceses en Alemania y después nosotros viajamos a Francia para hospedarnos con sus familias.
También participé en los seminarios de YFU, donde pude conocer y reencontrarme con estudiantes de intercambio de todo el mundo.
Descubrí la cultura alemana en los grandes viajes, pero también en las pequeñas cosas de todos los días: los mercados navideños, el Glühwein, las tardes de café con pastel, las fiestas de los pueblos, el Schnitzel, la Kartoffelsalat, los chocolates Milka y las gomitas Haribo.
Más que un intercambio
Durante aquel año hice amigos de todo el mundo
Juan, mi amigo ecuatoriano, ocupa un lugar muy especial en esta historia. Además de acompañarme durante mi intercambio y ayudarme a encontrar a mi familia anfitriona definitiva, años después vino a México a visitarnos para pasar Año Nuevo con mi familia.
Es increíble pensar que personas que conocí al otro lado del mundo terminaron formando parte de mi vida incluso después de regresar a México.
Lo que Alemania dejó en mí
Cuando regresé a México, ya no era la misma persona.
Me había vuelto mucho más independiente. Aprendí a viajar sola, a resolver problemas y a confiar en mí misma.
También aprendí a valorar todavía más a México: nuestra cultura, nuestra alegría, nuestra calidez y esa forma tan especial que tenemos los mexicanos de hacer sentir a los demás como en casa.
Alemania me enseñó que existen muchas maneras diferentes de ver el mundo
Hoy sigo planeando volver.
Porque algunas experiencias no terminan cuando tomas el avión de regreso. Simplemente se convierten en parte de ti.
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La Miranda de 16 años todavía me acompaña
Hoy, mientras hago mi residencia médica y vuelvo a estar lejos de casa, muchas veces pienso en aquella niña que tomó un avión hacia un país completamente nuevo sin saber exactamente qué le esperaba.
Pienso en ella cuando algo parece demasiado grande o difícil.
Y recuerdo que, aunque tenía miedo, se atrevió.
Aquel intercambio me enseñó que puedo adaptarme, empezar de nuevo, pedir ayuda y salir adelante
incluso cuando estoy lejos de lo que conozco.
Porque gracias a ella aprendí que soy capaz de mucho más de lo que imaginaba.
Y quizá ese fue el verdadero regalo de mi intercambio: no solamente conocer el mundo,
sino descubrir que yo también tenía un lugar en él.
Más de once años después, una frase sigue acompañándome:
“Man sieht sich immer zweimal im Leben”.
Siempre nos volvemos a ver dos veces en la vida.
Y espero que algún día todas esas piezas de mí, que dejé con cada persona que conocí algún día se vuelva a unir…
Gracias YFU.
Un intercambio estudiantil va mucho más allá de aprender un idioma o conocer un nuevo país. Es una oportunidad para crecer, descubrirte y crear vínculos que te acompañarán toda la vida.
Conoce los programas de intercambio de Youth for Understanding y descubre cómo podría comenzar tu propia historia.
