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Una conexión que cruzó fronteras_edited_edited_edited.jpg

Alemania: Un abismo 

David Alberto Adame Flores

Ex estudiante de intercambio en Alemania

2015-2016

¿Cómo poder dar un testimonio de un fragmento de mi vida?, un momento que se siente durar una eternidad en los recuerdos de mi ser. La palabra “intercambio” no rinde justicia a lo que cada estudiante vive. La experiencia va mucha más allá de aprender a comunicarte en una lengua desconocida, de abrazar y llamar “madre” a quien hace unos días era una extraña y sobre todo va más allá de formar parte de una cultura no solo distinta pero abismalmente lejana a cualquier parecido a ti.

El “intercambio” te lo adelanto es retador, te obliga a mirar hacia dentro para entender lo que hay afuera, obliga a hacerte la gran pregunta:

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¿Quién he sido durante todos estos años

ahora que estoy solo frente a esta realidad?

Pero el primer paso para el vuelo es dejar ir; dejar ir tu idioma, tu comida, tu familia, tu identidad y sobre todo a dejar ir quien has sido hasta hoy. A partir de ese momento una nueva forma de entender la vida se hace presente. Te vuelves más paciente, entiendes que el proceso no ocurre en un día. También más tolerante, existen tantas ideas y culturas coexistiendo que probablemente no compartas. Más agradecido, aprendes el verdadero valor de una amistad cuando es honesta, pero sobre todo te vuelves grato.


Alemania me ha abierto las puertas y me hizo conocer la persona que hoy soy. Tantas experiencias divertidas y difíciles que en su totalidad conforman la agridulce experiencia misma. Es gracioso pensar que tantas cosas acontecieron en tan solo un año, pudiera jurar que tan solo ayer regresé a México.


Sigo sin creer también, que he tenido la fortuna de tener seis hermanos anfitriones (caso atípico hablando de Europa) cuyo amor y cariño porto hasta la fecha conmigo. Tres hermanos y tres hermanas que contando conmigo resultamos nada más y nada menos que siete hermanos. Siete hijos de una madre que nos ha amado y nos ha cuidado en todo momento con el mismo amor de mi propia madre. Dime si esto no tiene el potencial de una novela en Netflix.  

En aquel tiempo tenía solo 17 años, Alemania había sido recientemente campeón del mundo y los cupos de intercambio fijaron las miradas en el país. El hecho de pensar estar en una cultura tan “cerrada” ponía mis nervios de punta, sin contar un idioma que JAMAS había estudiado y me aterraba.  Pero ¿No es el miedo una señal? ¿No es lo desconocido una invitación? es difícil saber la magnitud de tus decisiones cuando tienes 17 años. La certeza de lo incierto es lo único seguro en esta vida. Finalmente decidí por confiar en las señales, estaba listo para la aventura.

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Si algún consejo pudiera dar es el nunca dejar de ser curioso, cada cosa y cada palabra es nueva. Las calles, los colores, las palabras y los gestos son reinvenciones personales. Verte reflejado en el otro construye un diálogo de crecimiento.  


El día de hoy y once años después de mi intercambio solo puedo mirar atrás y reflexionar que una experiencia tan importante no puede resumirse en un “Eurotrip” con amigos por qué un estudiante NO es un turista, es un ciudadano y parte de una familia por convicción. Resulta difícil mirar los vuelos a Paris y contener las ganas de estar ahí tan solo un fin de semana, de coleccionar un imán más para el refrigerador de mi casa en México. Pero te revelaré un secreto que once años y seis meses después entendí; Un paseo por el bosque con tus hermanos vale más que diez fotografías en la torre Eiffel, un juego de mesa con tus amigos vale más que cien postales de Roma y celebrar el cumpleaños de tu madre anfitriona vale más que todos los conciertos en Holanda. 

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Y tal vez a este punto es muy obvio, con el corazón en la mano te escribo estas letras extrañando recuperar al menos un solo día con todas aquellas personas que formaron parte de quien ahora soy. Con el corazón en la mano les escribo a mis hermanos y a mi madre. Con el corazón en la mano te invito a ti; madre, padre, estudiante. A vivir la vida misma que no es diferente por habitar 20,000 kilómetros de casa o hablar un idioma desconocido. Sino porque como lo he dicho anteriormente, la única riqueza en este mundo es la experiencia en sí.

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Si eres papá o mamá de un o una joven estudiante con el alma te diré que no existe mayor acto de amor que dejar ir.

 

Dedicado a mi padre anfitrión Hans Werner, en paz descanse.

Un intercambio estudiantil va mucho más allá de aprender un idioma o conocer un nuevo país. Es una oportunidad para crecer, descubrirte y crear vínculos que te acompañarán toda la vida.

Conoce los programas de intercambio de Youth for Understanding y descubre cómo podría comenzar tu propia historia.

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