Desarrollar nuestra sensibilidad intercultural en el intercambio
David Arturo Sánchez Garduño
Las experiencias de intercambio son una experiencia transformadora y, a la vez, desafiante. Uno de sus aprendizajes más profundos tiene que ver con el desarrollo de la sensibilidad intercultural: la capacidad de reconocer que las personas interpretan el mundo desde historias, memorias y experiencias distintas a las nuestras. Esta sensibilidad, lejos de ser mero conocimiento sobre otros países, acumular datos culturales o viajes internacionales, surge cuando convivimos con personas concretas y aprendemos a mirar la realidad desde perspectivas que antes nos resultaban ajenas.
En Youth For Understanding, el encuentro intercultural constituye el corazón de cada intercambio. Pero ¿qué ocurre cuando ese encuentro nos confronta con heridas históricas, diferencias profundas o experiencias que nunca habíamos imaginado? Quiero contarles una experiencia.
Como psicólogo en YFU México tengo la oportunidad de acompañar a jóvenes que realizan intercambios de larga duración en distintos países, compartiendo la vida cotidiana con familias anfitrionas y comunidades locales. Entre las múltiples experiencias que he presenciado, una de ellas ilustra con claridad el potencial transformador de estos encuentros.
En una escuela de Chiapas se organizó una feria intercultural donde estudiantes internacionales presentarían aspectos representativos de sus países. Entre ellos se encontraban un joven de Polonia y otro de Alemania, quienes durante su estancia en México habían construido una amistad cercana. Compartían clases, actividades escolares y buena parte de su vida cotidiana lejos de casa. Su relación los había acercado por múltiples motivos —ser extranjeros, jóvenes, intercambistas y estudiantes en la misma escuela en México—, pero algo en su pasado histórico e intergeneracional aún trataba de dividirlos, sin que ellos lo supieran.
Durante su presentación en la feria, el estudiante polaco habló de su cultura, de la arquitectura y gastronomía, y también decidió hablar sobre algunos episodios de la historia de su país. Relató experiencias transmitidas por sus abuelos sobre la ocupación nazi y las profundas huellas que la guerra había dejado en su familia. Lo hizo con una madurez que llamó la atención de quienes lo escuchaban. En ningún momento trasladó esa responsabilidad a las personas alemanas del presente; por el contrario, distinguió claramente entre los crímenes de un régimen político y las personas con quienes hoy compartía su vida.
Cuando llegó el turno de su amigo alemán, algo inesperado ocurrió. Visiblemente conmovido, intentó comenzar su presentación, pero las palabras apenas salían. Después de unos segundos de silencio se dirigió a su amigo y pronunció una frase breve: “lo siento”. No era una disculpa personal por algo que hubiera hecho. No era algo que si quiera haya ocurrido en su propia biografía. Tampoco asumió la culpa por hechos ocurridos décadas antes de que ambos nacieran. Era, más bien, un lo siento que sabía a reconocimiento emocional de un sufrimiento que acababa de escuchar narrado por alguien a quien apreciaba profundamente.
El estudiante polaco se levantó de su lugar y ambos se abrazaron frente a toda la comunidad escolar. Muchos de quienes observaban comenzaron también a emocionarse y las lágrimas brotaban en más de una persona entre las y los asistentes. Por unos instantes, la feria dejó de ser una actividad sobre países, banderas, gastronomía o tradiciones. Se convirtió en un espacio donde dos jóvenes lograban encontrarse a través de una historia difícil, reconociendo el dolor heredado sin quedar atrapados en él.
Lo que aquella escena revela es que la sensibilidad intercultural va mucho más allá del conocimiento entre culturas. No consiste únicamente en comprender costumbres diferentes o aprender formas adecuadas de comunicación. Implica desarrollar la capacidad de percibir cómo los acontecimientos históricos, las experiencias familiares y las memorias colectivas siguen presentes en la vida de las personas.
La experiencia de intercambio crea condiciones privilegiadas para este aprendizaje porque acerca realidades que normalmente permanecerían distantes. Las noticias, los libros de historia o las redes sociales suelen mostrarnos países y conflictos de manera abstracta. En cambio, la convivencia cotidiana nos permite comprender que detrás de esos relatos existen personas concretas, con trayectorias, emociones y experiencias que merecen ser escuchadas.
Esta forma de sensibilidad resulta especialmente valiosa en un contexto donde los discursos públicos suelen simplificar la realidad y reducir a las personas a categorías como nacionalidad, religión, origen étnico o condición migratoria. Cuando conocemos a alguien de cerca, esas etiquetas pierden fuerza y aparecen matices que los prejuicios suelen invisibilizar.
Sin embargo, desarrollar sensibilidad intercultural requiere condiciones específicas. Requiere tiempo, disposición para escuchar y espacios donde las personas puedan expresarse sin temor a ser juzgadas. Requiere también prácticas de cuidado capaces de sostener conversaciones difíciles, reconocer emociones complejas y acompañar procesos de aprendizaje mutuo. Así, el cuidadoso proceso que YFU ofrece a sus estudiantes sobre su experiencia intercultural les permite ir más allá de una coexistencia respetuosa: el intercambio se convierte en una experiencia capaz de transformar la manera en que comprendemos a otras personas y a nosotros mismos.
Para YFU, comprender a alguien diferente no significa pensar igual, sino desarrollar la sensibilidad necesaria para reconocer la humanidad que existe en experiencias distintas a las propias. Cuando esa sensibilidad se cultiva a través de relaciones de cuidado, respeto mutuo y hospitalidad, el intercambio se convierte en una poderosa herramienta para construir puentes allí donde antes solo parecían existir distancias.
